Quien laborava tu rostro espeso en el barro
se olvidó, quizas, que los angeles
llamában de lejos con trompetas desesperadas,
mientras luchaba el diablo contra dios
por los mapas de un jardin de senderas que se bifurcan.
Hizo un latido el perro de paño, y lo hizo porque nasció la aurora
y con ella la sangre que dios vertía del diablo
hasta cubrir tus labios con la llama eterna y roja
de estos pintalabios que, por costumbre, los hombres llaman amor.
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